Sobre el Trabajo Interior

Quantos

Introducción: la ciencia ficción reflexiona sobre la naturaleza humana poniéndola en otro tiempo, para que la lejanía temporal nos libre de prejuicios. Algunos hermanos de Civitas (no todos) somos fanáticos de ella.
Mediante este breve cuento, de clara influencia asimoviana, un masón intenta explicar a su nieto cómo equilibrar la vida.

La aguja marcaba las 09:00 A.M, sacaba mi desayuno balanceado de la cocina termo-solar y me sentaba en el banco de colchón de aire. La mañana era clara cuando de repente mi nieto, de manera inquieta, bajó las escaleras dirigiéndose a mí, se acercó, apoyó su tableta portátil en la mesada y luego de saludarme con un tibio “hola”, me abordó directamente: “abuelo, no comprendo nada, necesito hablar con vos y que me expliques...”

Se encontraba algo nervioso y totalmente confundido.
-Tengo que exponer en una hora la defensa de mi trabajo de fin de ciclo - me dijo.
- ¿Cuál es tu problema? - Le respondí y sin verme a los ojos agregó:
- Mi proyecto de fin de curso venía bien, culminé mi investigación, hice los comentarios pertinentes y la conclusión en cuatro idiomas incluyendo Dialecto Neo-Neural...
- ¡Neo-Neural! - Le interrumpí - ¿Cómo lográste entender ese lenguaje programable?
- Sencillo abuelo, utilizo estos nuevos traductores portátiles ¡traducen 100.000 lenguas y códigos con solo hablarles!
"Increíble" me dije, "pensar que hasta hace unas décadas teníamos que estudiar idiomas en institutos y academias..."
- Bueno, seguí contándome qué te paso - agregué.
- Cuando la semana pasada presenté el trabajo previo a la exposición, la computadora a cargo del curso me dijo que busque fuentes periodísticas antiguas para relacionar el pensamiento social del momento con el actual, y mirá lo que apareció...
Acto seguido, apoyó sobre el desayunador un pequeño cilindro chato y ante una orden dada por su voz, un simple “encender”, una imagen a modo de holograma se proyectó con una gran cantidad de recortes periodísticos de la primera y segunda década del siglo XXI, donde mostraban duras críticas al desarrollo de la inteligencia artificial, la evolución de la informática y el posible reemplazo de la mano de obra por robots-máquinas.
Los miré y hubo uno que me recordó los debates de aquel entonces sobre el tema. Era de un periódico en papel de la época (que ya empezaban a digitalizarse) donde el encabezado del artículo decía “Por fin me reemplazará una máquina en el trabajo”. Incluso recordé haberlo leído... explicaba la tendencia que había en ese momento (allá por el año 2017) de reemplazar no solo a los operarios humanos que hacían trabajos repetitivos, sino también a aquellos que tomaban decisiones sencillas y rápidas.
- ¿Qué es lo que te preocupa? - le respondí.
- Mirá - dijo - mi trabajo se basa en la utilidad de la transformación de la matriz laboral desde un punto de vista social... De lo útil que puede ser una máquina para alivianarnos la carga laboral, para que el trabajo duro lo hagan ellas y nosotros nos dediquemos a pensar, a leer, razonar, incluso disfrutar... cosas que hoy por hoy ya sabemos que nadie las hace. Nos falta tiempo - continuó inquieto -, corremos de un lugar a otro y parecemos cada vez más esclavos de la tecnología. Mi razonamiento se basa en que debemos tomar conciencia nosotros como personas de nuestros actos. Me propuse a hacer una analogía con los tiempos pasados, cuando no todo era tan “tecnológico”, cuando eran independientes de las máquinas, cuando la competencia hombre-tecnología apenas comenzaba...
- Como en mi época - interrumpí.
- ...sí, digamos que sí. Pero veo que ustedes tenían estos mismos problemas ¡y sin máquinas ni robots! ¿Cómo puede ser eso, si no tenían competencia tecnológica? Digamos... solo competían entre hombres, podían tomarse tiempo libre sin temer que, por dejar el trabajo, una hojalata los reemplace.

- Sí...entiendo... - fue mi respuesta -, veré si te puedo aclarar un poco el panorama. Cuando tenía algunos años menos, no tantos como para llegar a tu edad, pero bastantes menos que ahora, siempre nos debatíamos sobre lo cansados que corríamos de un lugar a otro. No había reunión de amigos y familiares en la cual alguno se quejase de lo presionado o de lo tanto que debíamos trabajar. En mi caso, sabés que cuanta posibilidad de trabajo había la tomaba, durante el día trabajaba en la empresa y durante la noche estaba en la universidad o dando clases por ahí. Así fue por muchos años... A penas de marzo a diciembre podía ver a tu padre, no sabés su alegría cada vez que llegaba a casa temprano. Disfrutar una cena sentados en la mesa...
Competíamos entre nosotros - continué -, competíamos con nosotros mismos, incluso llegamos a naturalizar esa forma de vivir. Teníamos un buen ingreso... ¿pero a costa de qué? Igual que ahora, pensamos que los robots nos iban a reemplazar, pero sucedió que debimos trabajar a su par. Algunos pudieron adquirir uno para que lo reemplace... ¿y las personas que no pudieron? Por suerte las leyes de la década del '30 limitaron su uso... La idea fue que no trabajen más que algunas horas, las suficientes para que cada humano tuviese su tiempo para poder pensar; y con salarios robots con valor menor al de un operario humano. ¡Recuerdo cuando por fin la hora hombre se comenzó a pagar mejor que la hora robot! Pero a pesar de ese equilibrio a nuestro favor, ¿quién podía trabajar menos? Cuando creíamos que la guerra contra la tecnología la teníamos ganada...
Su interrupción fue tajante:
- Las personas que tenían máquinas trabajando para ellas siguieron trabajando.
- Exacto - fue mi seca respuesta.
- ¿Entonces qué hacer, abuelo? ¿Estamos condenados al trabajo?
Me reí.
- Sí, trabajar es necesario, pero no es lo único...
- Difícil de encontrar el equilibrio, ¿no? Lo quisieron hacer inventando las máquinas, luego la tecnología, luego la inteligencia artificial... pero siempre caemos en lo mismo. ¿Estará en nosotros el problema?
Esperablemente, su rostro se llenó de desazón: en vez de respuestas, le oscurecía el panorama cada vez más.

- Mirá, el secreto es sencillo. Te voy a decir una regla simple y debés tener el compromiso interno de cumplirla. Yo la apliqué y créeme que me costó muchísimo. Pero me marcó el camino recto del deber, esa senda que debemos seguir como buenos hombres libres.
- ¡Te escucho! - me contestó con voz impaciente.
- Es así: yo cuento el día en 24 horas de 60 minutos terrestres, no con el calendario actual. ¿Sabés de qué te hablo?
- ¡Sí abuelo, sí! Dale, explícame.
- Ese día antiguo de 24 horas lo debes dividir en 3; o sea, tres módulos, o cuantos de tiempo, como le dicen ahora, de 8 horas cada uno. Cada uno de esos cuantos (módulos) tiene un fin. El primero es para el trabajo productivo; el segundo para las actividades de esparcimiento, ilustración y para la familia; y el tercero para el descanso, recuperando nuestras energías perdidas.
Si logras esto, vas a conseguir un método que te ayude a medir la prudencia de tus acciones y el equilibrio en tu vida. Pero ojo, solo debes medir tus actos, no los de los demás. Debes ser tolerante: no hay fundamento para evaluar o medir la prudencia de los otros, y mucho menos con nuestros parámetros o nuestros límites. Así de sencillo.
...Silencio total...
- ¿Me estás diciendo que una persona, a fines del siglo XXI, debe trabajar solo 8 horas? ¡Es imposible!
- ¿Por qué lo decís?
- ¡Porque sencillamente no hay tantas actividades familiares para llenar el cuanto de 8 horas! ¡Y no conozco a ningún adulto que pueda dormir tanto tiempo! Bueno, salvo el día Dalceno, ese que ustedes llamaban Domingo.
Mi cara estaba entre una expresión de susto y tristeza Tomé aire y serenamente le dije:
- Querido mío, se trata justamente de eso, de llenar cada módulo de actividades que valgan la pena. Actividades familiares, de distracción, de juego, de entretenimiento... de compartir con amigos, pero viéndose en estado físico, físicamente presentes, todos en un mismo espacio. ¡No en una reunión virtual holográfica! De salir a caminar, de despejar la vista, de ir a compartir un espectáculo, ¡llegar tarde!, quedarse varado en un lugar y sin preocuparse tanto, simplemente decir... "que me esperen".
Ese es el compromiso, buscá esas actividades y completá sabiamente esas 8 horas. Esto no quiere decir que en alguna época de tu vida no debas esforzarte un poco más, pero no debe ser la regla.
- ¿Y cómo empezar?
- Te propongo lo siguiente, sacá una hoja... perdón un anotador tridi... bueno, eso donde anotan ustedes, y comenzá a escribir un listado de actividades: que te gustaría hacer con tus amigos, tus padres, con tu abuela y conmigo. Luego anotá que harías estando solo, incluso aburrirte viendo en la pared, viendo cómo pasa el tiempo. Después elegí dos días a la semana, además del Dalceno (Domingo), para poder dormir tus 8 horas.
Me callé, no dije una sola palabra más, y él tampoco... pasaron dos eternos minutos (minutos del 2018) y rompí el silencio.

-No va a ser fácil, pero sí se puede hacer. A mí me ayudó muchísimo, tuve que aprender a parar. A poner límites. No hay nadie indispensable, te podrán protestar a veces, pero no hay como lograr el equilibrio.
Con una sonrisa adolescente me respondió:
-Me gustó, no sé cómo empezar, pero lo voy a hacer. ¿Lo puedo anotar para mi proyecto? ¿Me podés ayudar a escribirlo?
-Desde luego que sí podes anotarlo, pero no te voy a ayudar a escribirlo. Te dejo esa tarea extra a vos, que escribas aquello que quieras recordar.
-Pero...
-Shhh, cerrá los ojos e intentá en esa oscuridad encontrar algo de luz.

No sabemos lo que vendrá, pero sí sabemos cómo viajar.

El contenido de este artículo expresa la opinión del autor y no representa el pensamiento o posición de la Masonería como institución.