Sobre la Orden
Antimasonería y la Iglesia Católica
Introducción: este trabajo busca indagar en los orígenes del sentimiento antimasónico en la Iglesia Católica.
Vale la pena aclarar que la masonería no es en absoluto una institución anticatólica. Entre sus miembros hay hombres que profesan las más diversas religiones.
No existe una única postura que englobe el conjunto de ideas contrarias a la Francmasonería, aunque, simplificando la cuestión a un extremo, podríamos delimitar a la antimasonería motivada por dos razones fundamentales: religiosas o políticas, reconociendo la a veces inescindible relación de una con otra.
Aquí nos centraremos en particular caso de la antimasonería promulgada por los voceros de la Iglesia Católica Apostólica Romana, no sólo por el peso específico de dicha institución para estas latitudes, sino porque aquella Iglesia ha merecido una mención especial ya en solicitud de admisión en la Orden, a modo de advertencia para el profano que pretenda ingresar a nuestros augustos misterios, interrogándolo sobre si conoce que los masones nos encontramos excomulgados por aquella institución. ¿Pero por qué y de dónde surge dicha censura?
Nuestro recorrido histórico comienza en el 1715, momento en el que se produce un cisma en la Masonería, por el que los hermanos se separaron entre logias de jacobitas y hannoverianos.
James Francis Edward Stuart, conocido como Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia, hijo del depuesto rey Jacobo II, dirigía una corte en exilio en Roma y para 1737 tomó conocimiento que francmasones hannoverianos habían reclutado a tantos católicos franceses que habían tomado el control de la Gran Logia de Francia de los jacobitas, por lo que le solicitó al papa Clemente que emitiera una bula papal –un decreto público– denunciando a la Francmasonería hannoveriana en los países católicos de Europa.
En paralelo, el cardenal André-Hercule de Fleury, ministro de Louis XV de Francia, enfocado en mantener la paz entre su país y el Reino de Gran Bretaña, y advirtiendo que simpatizantes jacobitas habían formado una logia en Francia tratando de influenciarlo a Fleury a apoyar a la facción de los Stuart, impulsaron a Fleury en el camino opuesto, llevándolo a que urgiera a Lorenzo Corsini, coronado bajo el nombre papal Clemens XII, a que emitiera una bula en la que prohibiera a todos los católicos de convertirse en francmasones, bajo pena de excomunión.
El papa, presionado por todos los flancos, tratando de satisfacer a Jacobo, sin antagonizar al el Reino de Gran Bretaña, ni oponerse a la política foránea de Fleury, emitió una bula desde un punto de vista religioso, en lugar de uno político, y sin discriminar entre Francmasonería jacobita o hannoveriana. Así, el 28 de abril de 1738, emitió la bula titulada “In eminenti apostolatus specula”: donde alerta al mundo occidental del mal de los los “Liberi Muratori”, manifestando que aquellos, organizados bajo una sociedad secreta y clandestina, habilitan a que personas, por la mera apariencia de probidad reconocida según sus propias normas, se unan con otros por medio juramentos de guardar secreto realizados sobre la Sagrada Biblia, y bajo graves penas en caso de revelar lo que realizan en conjunto, lo que entendía que despertaba la mayor de las suspicacias y mereciendo por tanto la calificación de depravados y pervertidos, en la medida que de no estar haciendo ningún mal nada deberían de ocular, y como consecuencia no sólo dañaban la paz de los Estados sino el bienestar de las almas, por lo que se los debía condenar y prohibir.
Por ello ordena a todo fiel que se abstenga, bajo cualquier pretexto o razón, de ingresar, propagar o sostener a la Francmasonería, o recibir a sus miembros en sus hogares, o ayudarlos de cualquier manera, todo ello bajo pena de excomunión automática por el solo imperio de la ley, sin que pueda obtenerse absolución, más allá de la que pueda ser brindada a la hora de la muerte por el Sumo Pontífice.
Vale aclarar que en Derecho Canónico hay dos formas de excomunión: aquella llamada ab homine, que es consecuencia de un proceso canónico donde el imputado es encontrado responsable por un prelado eclesiástico, y la más común, la “excomunión automática” –o a jure–, por la que se incurre en la sanción por el sólo imperio de la ley canónica.
La excomunión implica la censura más grave de la Iglesia, privándole al cristiano culpable de la posibilidad de participar con normalidad en la sociedad eclesiástica, despojándolo de todos sus derechos, con una finalidad esencialmente “medicinal”, esto es, invitando a la persona a que cambie de temperamento y se arrepienta para así luego poder levantarse la sanción. Vale aclarar que las personas excomulgadas no dejan de ser cristianos, en la medida que no afecta el bautismo, sin embargo en la práctica se la considera una suerte de exilio de la sociedad cristiana, en la medida que no puede recibir sus sacramentos.
Pero aún más: el papa redobló su apuesta, instando a sacerdotes de todo orden e inquisidores a investigar y perseguir a los masones sancionándoles con las penas correspondientes a los sospechosos de herejía.
Es así que la Masonería Universal conocería a su primer mártir: el Hermano Tommaso Crudeli, un librepensador florentino que se negó a revelar los secretos que prometió guardar, y siendo condenado por la Inquisición sufriría torturas y una prolongada detención, falleciendo el 27 de marzo de 1745 de causas naturales pero como consecuencia de su padecimiento.
Esa prohibición papal fue reiterada y expandida en diferentes documentos papales por distintos Pontífices Máximos, encontrándose entre las más prominentes las de: Prospero Lambertini –coronado bajo el nombre papal Benedictus XIV– (en Providas Romanorum del 18 de mayo de 1751), Barnaba Chiaramonti –coronado bajo el nombre papal Pius VII– (en Ecclesiam a Jesu Christo del 13 de septiembre de 1821), Annibale della Genga –coronado bajo el nombre papal Leo XII– (en Quo graviora del 13 de marzo de 1825), Francesco Castiglioni –coronado bajo el nombre papal Pius VIII– (en Traditi humilitati del 24 de mayo de 1829), Bartolomeo Cappellari –coronado bajo el nombre papal Gregorius XVI– (en Mirari vos del 15 de agosto de 1832), Giovanni Mastai-Ferretti –coronado bajo el nombre papal Pius IX– (en Qui pluribus del 9 de noviembre de 1846, Quibus quantisque del 20 de abril de 1849, Quanta cura del 8 de diciembre de 1864, Multiplices inter del 25 de septiembre de 1865, y Etsi multa del 21 de noviembre de 1873), y Vincenzo Pecci – coronado bajo el nombre papal Leo XIII– (en Etsi Nos del 12 de febrero de 1882, Humanum genus del 20 de abril 1884, Officio sanctissimo del 22 de diciembre de 1887, Dall'alto dell'Apostolico Seggio del 15 de octubre 1890, Custodi di quella fede del 8 de diciembre de de 1892, Inimica vis del 8 de diciembre de 1892, Praeclara gratulationis del 20 de junio de 1894 y Annum ingressi del 19 de marzo de 1902).
Con el correr de los tiempos se advierte una escalada de la Iglesia en su apreciación negativa sobre la Masonería la que, probablemente y no escasa medida, se deba a “El fraude de Taxil” que comenzó en 1885 y tiñó la imaginación de propios y ajenos durante los años venideros, donde se acusaba a la Francmasonería de adorar al demonio Baphomet, el mismo que se le acusó de adorar hacía más de 500 años antes a la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, los Templarios.
En prieta síntesis, manifiestan los pontífices que la Masonería es la Sinagoga de Satanás, una secta oscura, recordando que ésta y el cristianismo son esencialmente inconciliables, de manera tal que unirse a una es divorciarse de la otra.
Señalan que el secreto tras el cual se ocultan los masones sólo puede ser una manifestación de su maldad, que los marca como enemigos de Cristo, indicando que nuestra Hermandad apela a la filantropía para encubrir sus reuniones clandestinas de hombres de distintas religiones las que no pueden sino traer como consecuencia toda clase de perjuicios para la pureza de la religión católica.
Declaman que la Orden libra una guerra cuyo objetivo consiste en debilitar a los poderes terrenales de los papas, como así también la fuerza de la fe católica, promulgando “males” tales como la libertad de pensamiento y de credo, proclamando el matrimonio civil y la educación laica, defendiendo la separación de la Iglesia y del Estado, estableciendo una moral la cívica, juzgando al hombre como delimitado únicamente por el libre albedrío. Para peor, reza que todos los hombres son jurídicamente iguales y libres por naturaleza, y que nadie tiene derecho de mandar a otro y pretender que le obedezcan si no es por una autoridad que proceda de ellos mismos.
Pero, continúan, el último y principal intento de la Masonería es la destrucción radical de todo orden establecido por el cristianismo, y la creación de un nuevo orden basado en los fundamentos del naturalismo: sin admitir dogma alguno, y rechazando cualquiera verdad que no pueda ser alcanzada por medio la razón, y basada en la ciencia.
De esta manera es que llegamos a el canon 2335 del Código de Derecho Canónico de 1917, que establecía que “los que dan su nombre a la secta masónica, o a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica”.
A propósito de aquello el 19 de julio de 1974 el cardenal Franjo Šeper escribió una polémica carta reservada sobre la interpretación del canon 2335, recordando que la interpretación de la ley penal está sometida a interpretación estricta, por lo que puede entenderse que aquél refiere sólo a los católicos que se inscriben en asociaciones que realmente maquinan contra la Iglesia, permaneciendo la prohibición para clérigos, religiosos y miembros de los Institutos seculares de inscribirse en cualquier tipo de sociedad masónica.
Sin embargo, el 17 de febrero de 1981, el mismo cardenal Šeper, ahora en su calidad de prefecto de la Sagrada Congregación por la Doctrina de la Fe –órgano colegiado de la Santa Sede cuya función, custodiar la correcta doctrina católica en la Iglesia– lanza la Declaración sobre la Disciplina Canónica que Prohíbe bajo pena de Excomunión que los católicos se inscriban en la Masonería y otras asociaciones de este tipo , y recordando la filtración de la misiva anteriormente mencionada, refiere que aquello dio lugar a interpretaciones erróneas, precisando que: no se ha modificado en modo alguno la disciplina canónica que permanece en total vigor, no habiendo sido abrogada la excomunión ni las otras penas previstas.
En el actual canon 1374 del nuevo Código de Derecho Canónico de 1983 se modifica la referencia expresa a la pertenencia a la Masonería como causal de excomunión, estableciéndose de manera genérica que “Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho”.
El 26 de noviembre de 1983 el cardenal Joseph Ratzinger, en aquél entonces prefecto de la Congregación –luego coronado bajo el nombre papal Benedictus XVI– emitió la Declaración sobre la Masonería , aclarando que, el hecho que el nuevo Código de Derecho Canónico no mencione expresamente a la Francmasonería, como sí lo hacía el Código anterior se debe pura y exclusivamente a un criterio de redacción, teniendo presente que también se ha omitido mención expresa de otras asociaciones, por estar comprendidas en categorías más amplias, afirmándose que no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia en relación a la Masonería, considerando sus principios inconciliables con la doctrina de la Iglesia, afirmando su continua prohibición, y la sanción a los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas, en tanto se encuentran en estado de pecado grave, y por lo tanto no podrán recibir la santa comunión. Karol Wojtyła –coronado bajo el nombre papal Ioannes Paulus II– aprobó dicha Declaración, ordenando su publicación.
Con posterioridad, el 24 de marzo de 1985, la Congregación publicó sus Reflexiones sobre la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe referente a las Asociaciones Masónicas , considerando que la fe cristiana y la Masonería son inconciliables, y recordando la publicación del 26 de noviembre de 1983 aclara que el juicio negativo de la Iglesia sobre la Masonería es por razones prácticas y doctrinales, fundadas en el naturalismo racionalista que inspiraba la Masonería y sus actividades contrarias a la Iglesia, confirmando que independientemente que ciertas logias se declararan no hostiles y hasta favorables a la Iglesia, ello en nada obsta el juicio primigenio, y señalando que en la Masonería no se impone ningún “principio” en un sentido de posición filosófica o religiosa vinculante para los afiliados, siendo su objetivo reunir hombres de buena voluntad de diversas religiones y visiones sobre bases de valores humanistas, por lo que no separaría a nadie de su religión, sin embargo se entiende que aquello sobrepasa la colaboración legítima incluso propuesta por el Concilio Vaticano II .
Más cerca en el tiempo, en la Visita Pastoral a Turín de Jorge Bergoglio –coronado bajo el nombre papal Franciscus–, en el marco del Encuentro con niños y jóvenes realizado en la Piazza Vittorio el 21 de junio de 2015, manifiesta que a finales del siglo XIX había condiciones difíciles para el crecimiento de la juventud, señalando como uno de ellos a la Masonería, por lo que se trasluce que la censura católica a nuestra Institución continúa en pleno efecto en la actualidad.
No podemos negar que sistema de obligaciones morales presentado como un sistema progresivo de símbolos velados en el secreto importa para los masones el riesgo de ser objetivos de calumnias e injurias y de todo tipo de persecución, la que resulta cuanto menos paradójica si se tiene presente que nuestra Organización no es política ni religiosa, y aún más: en logias regulares la discusión sobre esos tópicos desde siempre han estado estrictamente prohibidas. Sin embargo, como foro de discusión que es, invitando al pensamiento racional, se ha advertido como enemiga ideológica de quienes se valen del fanatismo como medio para controlar a las masas.
Toda otra crítica a la Orden no puede ser más que malintencionada o producto de la ignorancia: al confundir rituales seculares con liturgia religiosa, soslayando que los símbolos empleados en la Masonería no son mi más ni menos que un canal de comunicación para transmitir sus ideas, de la misma manera que las historias que se relatan: un medio alegórico.
Ha sido hace más de 150 años que con contundencia el Hermano Domingo Faustino Sarmiento, días antes de ocupar la presidencia de la República Argentina, en un ágape fraternal ofrecido por la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones el 28 de septiembre de 1868, expuso:
“manifestar mi profunda gratitud por el sentimiento que nos reúne aquí hoy día, para darme pública muestra de simpatías, me creo en el deber de expresar francamente mi respeto, mi adhesión a los vínculos que nos reúnen a todos en nuestra sociedad de hermanos.
Llamado por el voto de los pueblos a desempeñar la primera magistratura de una República, que es por mayoría de culto católico, necesito tranquilizar a los timoratos que ven en nuestra institución una amenaza a las creencias religiosas. Si la Masonería ha sido instituida para destruir el culto católico, desde ahora declaro que yo no soy masón.
Declaro, además, que habiendo sido elevado a los más altos grados conjuntamente con mis hermanos los generales Mitre y Urquiza, por el voto unánime del Consejo de Venerables Hermanos, si tales designios se ocultan, aun a los más altos grados de la Masonería, esta es la ocasión de manifestar que, o hemos sido engañados miserablemente, o no existen tales designios, ni tales propósitos. Y yo afirmo solemnemente, que no existen, porque no han podido existir, porque los desmiente la composición misma de esta grande y universal confraternidad.
(...) Hechas estas manifestaciones, para que no se crea que disimulo mis creencias, tengo el deber de anunciar a mis hermanos, que de hoy en adelante, me considero desligado de toda práctica o sujeción a estas sociedades.
Llamado a desempeñar altas funciones públicas, ningún motivo personal ha de desviarme del cumplimiento de los deberes que me son impuestos; simple ciudadano, volveré un día a ayudaros en vuestras filantrópicas tareas, esperando desde ahora que por los beneficios hechos, habréis continuado conquistando la estimación pública; y por vuestra abstención de tomar como corporación parte de las cuestiones políticas o religiosas que concurrieren, logréis disipar las preocupaciones de los que por no conocer vuestros estatutos, no os consideran como el más firme apoyo de los buenos gobiernos, el más saludable ejemplo de la práctica de las virtudes cristianas, y los más caritativos amigos del que sufre.”
Cumpliendo su palabra, volvió a la actividad masónica en 1874 como lo prueban las planchas, donde aparece su nombre, que se encuentran en el Archivo del Histórico de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones. De esta manera lo entendemos sincero en sus palabras, y que su visión sobre la Orden y su relación con la Iglesia Católica no varió, ni luego de alcanzado el más alto grado de la Masonería, ni tras haber sido elegido como Gran Maestre de una Gran Logia, y mucho menos a propósito de haber sido nombrado para la primer magistratura del país.
El contenido de este artículo expresa la opinión del autor y no representa el pensamiento o posición de la Masonería como institución.