Pensamientos y Reflexiones

Este es tu Dios, el que te sacó de Egipto

Introducción: interpretando el pasaje bíblico del becerro de oro en clave mitológica, se obtienen lecciones respecto al verdadero significado de la libertad.

Habiendo salido de Egipto, luego de 3 meses de marcha, el pueblo de Israel asentó campamento en la base del monte Sinaí. Siguiendo el designo de Dios, los judíos habían logrado escapar de la servidumbre y habían vagado por el desierto, en libertad, pero con las penurias propias de tal marcha. Ya lejos de Egipto, Dios habló a Moisés y al pueblo de Israel: “si en verdad escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis mi especial tesoro entre todos los pueblos” Si escucháis mi voz y guardáis mi pacto. ¿Qué mayor reconocimiento de libertad para un pueblo que el reconocimiento de su capacidad poder entender la Ley y regirse a sí mismo bajo su imperio? Llamó entonces a Moisés a la cima del monte, y allí fue él. Envuelto en una nube, siete días estuvo esperando a Dios y otros cuarenta recibiendo sus mandamientos.

Pero Moisés, envuelto en una nube, se había tornado invisible a los ojos del pueblo de Israel. Tantas noches lo esperaron desamparados, en medio del desierto, que el miedo los invadió y su fe mermó. Asustado, el pueblo se reunió alrededor de Aarón (hermano de Moisés) y le dijeron: “Levántate, haznos un dios que vaya delante de nosotros (algunas traducciones de la Biblia refieren a “unos dioses que vayan”); en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido”. Aarón acató la súplica del pueblo: tomó los aros de oro de quienes estaban allí reunidos, los fundió y forjó un becerro de oro. Lo colocó sobre un altar y proclamó “este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto (…) Mañana será fiesta para el Señor”.

Alertado por Dios respecto a lo que sucedía a los pies del monte, Moisés descendió con las tablas de la Ley, escritas por el dedo de Dios. Pero, preso de furia al ver al pueblo desenfrenado adorando al falso ídolo, rompió las tablas y ordenó matar a 3mil hombres. Tal fue el castigo que consideró acorde al pecado cometido.

Estos son los sucesos narrados en el libro de Éxodos 20-32. La historia, conocida como “la adoración del becerro de oro” recuerda el pecado cometido por el pueblo de Israel a los pies del monte Sinaí, víctima del miedo, la incertidumbre y la ansiedad. Analizada en clave mitológica, podemos desprender algunos aprendizajes más que interesantes y, por cierto, más que actuales.

El primer aspecto para resaltar es que la libertad no es deseo; la libertad es responsabilidad. Habiendo vivido como esclavos, el pueblo de Israel debió aprender a vivir en libertad. ¿Qué hacemos con nuestra libertad? ¿Cómo nos regimos, cómo convivimos, cómo compatibilizamos nuestra libertad social y nuestras libertades individuales? Aunque a priori parezca contradictorio que Dios habiéndolos recién liberado les imponga nuevas leyes, debemos recordar que bajo anomia no hay libertad. Solo el imperio de la Ley (así, en mayúsculas) puede garantizarnos el imperio de la libertad. Moisés rompe las tablas porque, si el pueblo no sabe respetarlas, no sabe ni puede ejercer responsablemente su libertad.

Por otro lado, tampoco es casual el contexto. El pueblo de Israel se encontraba en el desierto, símbolo de soledad, hambruna y carencias; el pueblo de Israel llevaba 4 meses vagando en ese desierto; el pueblo de Israel llevaba 40 noches sin líder. ¿Hubiese adorado al becerro en otro contexto? Difícilmente. Esto nos recuerda que el miedo, la incertidumbre, la angustia son el caldo de cultivo para el extravío. Es en los momentos más desesperantes donde debemos ejercitar la templanza para hallar la luz.

A su vez, esta lección tiene un correlato a nivel social. Un pueblo, ante el miedo y sin templanza, pide a gritos por un salvador… algún salvador, cualquier salvador. Vale preguntarse… ¿y si no hubiese sido Aarón quien creó al ídolo? ¿Y si el ídolo hubiese sido creado con malas intenciones? Cuidado con erigir a cualquier hombre como salvador. Cuidado con creer a cualquiera que prometa la salvación. Cuidado con la idolatría. A veces estar en el desierto es parte de la vida, y hay que saber navegarlo con templanza.

Finalmente, amerita detenerse en la severidad del castigo. ¿Por qué Dios y Moisés son tan terribles, tan severos, tan implacables? Puede impactarnos la matanza realizada sobre su propio pueblo si pensamos en esta divinidad como un ser antropomórfico. Pero si pensamos en este relato en clave de fábula o si pensamos en esta divinidad bajo una concepción deísta, podemos entender que no hay un Dios enojado que castiga por celos, sino que esto representa el castigo de la vida misma, simboliza el colapso de la sociedad y el sufrimiento de los hombres en anomia.

La historia del becerro de oro nos recuerda que el pueblo, bajo anomia, sufre. Nos recuerda la especial importancia de la templanza en momentos de debilidad porque el pueblo, asustado, puede erigir a cualquier ídolo. Y nos recuerda que la libertad no es deseo, sino responsabilidad.

El contenido de este artículo expresa la opinión del autor y no representa el pensamiento o posición de la Masonería como institución.